El Museo - La Revista
Mi pueblo Baranoa, memoria viva de mi alma
En este artículo, el docente Cristian Rafael Mendoza Pertuz nos invita a un emotivo recorrido por la historia y el alma de Baranoa, el «Corazón Alegre del Atlántico». Un relato que entrelaza la tradición de La Loa de Reyes Magos y el legado del ilustre Juan José Nieto Gil. Disfruta de esta memoria viva en formato multimedia gracias a Forum News.
Por: Cristian Rafael Mendoza Pertuz – Docente I.E.T.I.B.A.
Dicen que hay lugares que no se olvidan. Que aunque uno los deje por un tiempo, siguen estando en el corazón. Sí, en el corazón, como el alegre corazón del Atlántico. Yo conocí verdaderamente el mío cuando apenas empezaba a escribir con buena letra, allá en cuarto grado, en “El Bajo” cuando la seño Yomaira Consuegra me pidió que escribiera un cuento y yo atrevidamente decidí dármelas de Manuel Patrocinio para contar la historia de nuestro municipio de manera un tanto diferente.
Fue así como una tarde, con un lápiz gastado en el crepúsculo de aquel septiembre de 1995, en una hoja del cuaderno de borrador, escribí algo que más nunca volví a encontrar y tal vez no sea tan complejo como hoy lo expreso…pero que aún vive en mí: la historia de Baranoa contada por el corazón de un niño que escuchó hablar a unos mayores o leyó la información que su mamá consiguió entre amigos de la familia y en la biblioteca de pueblo.
Como decían los mayores que ya se han ido, que antes de que hubiera casas o calles, esta tierra estaba llena de árboles altos, y que el viento hablaba con los arroyos que convergían en este suelo alrededor del más grande de todos, el Arroyo Grande, el lleno de cacimbas, arenas y estanques. Cerca de él vivían unos hombres y mujeres que conocían el secreto del agua y el fuego, reconocidos hoy como los Mokaná.
Hasta que un día el Sol, curioso por los campos hermosos y las colinas de denso verdor, bajó a mirar de cerca y dejó en la arena una semilla de luz que después tomó forma de estrella. De esa semilla nació Baranoa, tierra buena y alegre donde la sonrisa brota fácil y el trabajo no cansa. En palabras del himno, “nuestra tierra fecunda y hermosa, bendecida por Dios y el saber”.
Tiempo después, un veintiséis de julio, casualmente la fiesta de la hoy patrona Santa Ana, llegaron los hombres de hierro y cruz, guiados por Hernando de Ávila y levantaron una pequeña iglesia y al ponerle nombre, el cielo sonrió: “Santa Ana de Baranoa”. Desde ese día, cada campanazo fue una promesa de fe y esperanza recordando los versos: “tu bandera es símbolo de fe, y tu nombre, canción de esperanza”.
Pasaron más años y los indígenas fueron llevados a Galapa, pero esta tierra no se quedó sola. Nuevas familias vinieron y el pueblo renació con variedad de color. Las manos mestizas sembraron y construyeron bajo el cielo de costa Caribe, donde forjamos feliz porvenir. Los niños jugaban alrededor de la iglesia y los mayores decían que, al caer la tarde, el viento traía las voces de los Mokaná cuidando los maizales. Así, Baranoa aprendió a renacer sin olvidar sus raíces.
Una mañana llegó un jinete imponente desde la capital con magno documento en el pecho que a todos los presentes sorprendió: “Ordenanza número 11 del 23 de octubre de 1856. Desde hoy, Baranoa es municipio”. Dicen que hasta los gallos cantaron distinto ese día. Fue como si todo el pueblo, desde el arroyo hasta el campanario, se hubiera puesto de pie, honrando la frase del himno: “De tus hijos el brazo fecundo, forja siempre el progreso y la unión”.
De toda nuestra historia debo decir que, desde niño, quedé encantado con la Loa de los Santos Reyes Magos. Ver cómo cada enero los Reyes volvían a caminar por nuestras calles, mientras que Herodes seguía buscando a un niño que ya había escapado, era emocionante. La gente reía, aplaudía, lloraba. Yo no entendía del todo la historia al comienzo, pero sí sabía que era nuestra y ello me hinchaba de orgullo el corazón. Allí comprendí que Baranoa no solo se escribe: se canta, se actúa, se vive. Así, el arte se convirtió en oración y el teatro en memoria viva.
Muchos años después, cuando todos sabían tocar un instrumento, nació la Banda de Baranoa, y fue como si el pueblo hubiera encontrado su voz; una voz que viaja por el mundo, con gallardía, trabajo y pundonor, pero que siempre regresa a este lugar fértil y prodigio para las artes. Cuando la Banda suena, hasta las hojas de los almendros parecen aplaudir, y el olvidado árbol de Baranoa vuelve a florecer. “Tu música, Baranoa querida, es reflejo de amor y de paz”, como dice el himno en su eco silencioso.
Paralelo a esto, el profe Carlos con fuerte voz decía que Baranoa era un municipio piloto en educación, y yo imaginaba un avión hecho de libros volando sobre el pueblo, con cientos de docentes formando los aviadores de nuestro futuro no tan lejano. Ahora sé que tenía razón: cada escuela, biblioteca y nuestra Feria Pedagógica son alas que nos elevan. Aquí, donde la lectura se mezcla con el tambor, la educación no solo enseña, nos libera.
Entre las páginas del tiempo, tal vez de las más dañadas y olvidadas, se levanta la figura del ilustre general Juan José Nieto Gil, hijo aventajado de estas tierras nacido en Sibarco. Un escritor, político, presidente de la Confederación Granadina, símbolo de igualdad y superación. Él demostró que desde este rincón del Atlántico podía levantarse un corazón libre, tan fuerte como el sol de nuestra bandera para erigirse en la más alta dignidad de la nación.
Hoy, ya no en 1995, pero cuando camino por la Plaza Principal, siento que el suelo respira. Escucho voces, risas, canciones antiguas. El himno suena en mi cabeza: “Baranoa, tu gente te adora, tu bandera es símbolo de fe, y en tus aulas florece la aurora del saber que tu pueblo engrandece”. Entonces entiendo que la historia que escribí en cuarto grado nunca se perdió; se quedó en las calles, en las notas de la Banda, en las manos de los que enseñan, siembran y sueñan. En cada rincón vive la Baranoa eterna, “Corazón Alegre del Atlántico”.
Si algún día alguien encuentra aquella hoja amarillenta y arrugada, quiero que sepa que no era solo tarea de colegio, era un pacto con mi tierra. Un cuento donde Baranoa no era un lugar, sino una persona viva, alegre, sabia y eterna, que me enseñó que los pueblos que leen, cantan y creen, nunca mueren. Salve tierra maternal.